martes, 3 de julio de 2012

MENSAJE DE TEXTO

JUAN BEAT

Fue muy poco lo que duré con Nancy, como siempre, yo andaba queriendo salvarme, que alguien me salvara y  entre mi tristeza y melancolía cada noche, después de sexo y decirme que me quería, yo me convertía en un ser despreciable, en ocasiones la abrazaba sin importarme que si era verdad el “te quiero” al final de cada orgasmo de ella. Yo también la quería, es más sentía un amor totalmente desapegado; lo del sexo nos mantuvo unidos, hasta que un día me plantó. Mientras amigos leían sus particulares textos en homenaje a Bukowski, yo solo miraba y miraba el reloj, Nancy me había prometido por fin después de meses, aparecer en uno de esos eventos frenéticos. Nunca entendí por que podíamos refugiarnos en su departamento  dos o tres veces a la semana, follar desesperadamente ----aunque ella le llamaba “hacer el amor”,  mientras que mi concepto de amor simplemente era poder despertarme entre sus senos medianos firmes que me reconfortaban tanto----, pero nunca aceptaba ir a un bar, comer juntos o ir al cine. Qué temía o a qué se resistía, no lo se.

Nancy nunca llegó, leí con desgana y el alcohol consumido solo se convertía en un veneno que hacía retorcerme por el dolor de estómago. Hubo después una fiesta en el lobby del hotel virreyes, Morcillo, Camaleón, el Cerebro, todos estaban enardecidos con Maria Daniela, yo, arrumbado, como un mueble olvidado. Preferí salirme, como casi siempre que no había donde llegar, caminé rumbo a garibaldi; aquella plaza siempre me había respetado y resguardado. Todos los antros, tables y demás improvisados lupanares ofrecían a las chicas más exuberantes según la propaganda; chicas cubanas, colombianas, rusas, checas… No había porque desconfiar, yo solo quería ver unas tetas que aunque no me reconfortaran del todo, me hicieran olvidar a Nancy y sus gemidos que lo único que ocasionaban era que aguantara tanto el eyacular, que terminaba rendido sin fuerzas para si quiera deshacerme del condón atiborrado de mis genes alcohólicos. Ya en el table improvisado, con sus mesas cuadradas con el logo de corona y sillas rechinantes, me dejé caer con desanimo. Desfilaban más meseros con sus moñitos ridículos que  alguna colombiana o cubana, todas las bailarinas se contorsionaban como mi estómago después de aquel coraje que Nancy me había hecho pasar; botellas de cerveza chocaban , risas, chiflidos y sonidos guturales resaltaban más que un buen trasero o los senos perfectos que solo quería sentir     cerca de mi aliento. Recibí un primer mensaje, Nancy se disculpaba, hice caso omiso y mantuve mi convicción de no beber más que una cerveza cara el resto de la noche, ingenuamente esperaba que apareciera una “musa” que por 200 pesos me restregara su cuerpo y pasara sus labios tan sucios como los tarros donde vertían la supuesta cerveza de barril, así que  con sigilo revisaba la bolsa del pantalón y sentía alivio al tocar aquel papel arrugado que según yo, me daría una felicidad efímera.

Lo  que pronto llegó, fue otro mensaje de Nancy
---- te extraño, estoy húmeda, dónde andas?----
---- en un bar, buscando reconfortarme un poco---
---- Me estoy tocando, quieres escucharme----
----dame un minuto, busco el baño----.

El pequeño baño con las paredes llenas de cucarachas y los mingitorios con cualquier clase de sustancias incluso me bajó la erección.  Seguí buscando algún buen espacio, tomé por un largo pasillo donde solo había cortinas separando los privados, al final, la puerta de emergencia medio abierta. Me asomé con cierta reserva y solo había un larga escalera en espiral que me condujo a la azotea, solitaria y sucia como todo el  lugar. Afortunadamente había aire fresco, ruido de mariachis y patrullas. Sonó el móvil y Nancy gemía, nunca la había escuchado tras un teléfono, se escuchaban sus dedos  entrando y saliendo de su vagina, era cierto, estaba muy húmeda. No puede más que masturbarme, durante 15 minutos dijimos poco, solo escuchábamos nuestros “ruiditos”, ella se vino primero, poco después yo, mi mano quedó totalmente llena de semen ----Juan, te quiero… yo también Nancy----, fue el último intercambio de palabras, la llamada se cortó. Aquello fue como un regalo de despedida, no nos vimos más; muchas veces le pedí que me salvara, que se dejara de juegos, de inseguridades… Solo esa noche me salvó, para mi fue suficiente. Supe después que había encontrado un buen hombre, y ella supo de mi, que había retomado el camino que siempre había anhelado: uno hacía la soledad y la autodestrucción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario