MENSAJE DE TEXTO
JUAN BEAT
Fue
muy poco lo que duré con Nancy, como siempre, yo
andaba queriendo salvarme, que alguien me salvara y entre mi tristeza y melancolía cada
noche, después de sexo y
decirme que me quería, yo me convertía en un ser despreciable, en
ocasiones la
abrazaba sin importarme que si era verdad el “te quiero” al final de
cada
orgasmo de ella. Yo también la quería, es más sentía un amor totalmente
desapegado; lo del sexo nos mantuvo unidos, hasta que un día me plantó.
Mientras amigos leían sus particulares textos en homenaje a Bukowski, yo
solo
miraba y miraba el reloj, Nancy me había prometido por fin después de
meses, aparecer
en uno de esos eventos frenéticos. Nunca entendí por que podíamos
refugiarnos
en su departamento dos o
tres
veces a la semana, follar desesperadamente ----aunque ella le llamaba
“hacer el
amor”, mientras que mi concepto de
amor simplemente era poder despertarme entre sus senos medianos firmes
que me
reconfortaban tanto----, pero nunca aceptaba ir a un bar, comer juntos o
ir al
cine. Qué temía o a qué se resistía, no lo se.
Nancy nunca llegó, leí con
desgana y el alcohol consumido solo se convertía en un veneno que hacía
retorcerme por el dolor de estómago. Hubo después una fiesta en el lobby
del
hotel virreyes, Morcillo, Camaleón, el Cerebro, todos estaban
enardecidos con Maria
Daniela, yo, arrumbado, como un mueble
olvidado. Preferí salirme, como casi siempre que no había donde llegar,
caminé
rumbo a garibaldi; aquella plaza siempre me había respetado y
resguardado.
Todos los antros, tables y
demás
improvisados lupanares ofrecían a las chicas más exuberantes según la
propaganda; chicas cubanas, colombianas, rusas, checas… No había porque
desconfiar, yo solo quería ver unas tetas que aunque no me reconfortaran
del
todo, me hicieran olvidar a Nancy y sus gemidos que lo único que
ocasionaban
era que aguantara tanto el eyacular, que terminaba rendido sin fuerzas
para si
quiera deshacerme del condón atiborrado de mis genes alcohólicos. Ya en
el table
improvisado, con sus mesas cuadradas con el logo de
corona y sillas rechinantes, me dejé caer con desanimo. Desfilaban más
meseros
con sus moñitos ridículos que
alguna colombiana o cubana, todas las bailarinas se
contorsionaban como
mi estómago después de aquel coraje que Nancy me había hecho pasar;
botellas de
cerveza chocaban , risas, chiflidos y sonidos guturales resaltaban más
que un
buen trasero o los senos perfectos que solo quería sentir
cerca de mi aliento.
Recibí un primer mensaje, Nancy se disculpaba, hice caso omiso y mantuve
mi
convicción de no beber más que una cerveza cara el resto de la noche,
ingenuamente esperaba que apareciera una “musa” que por 200 pesos me
restregara
su cuerpo y pasara sus labios tan sucios como los tarros donde vertían
la
supuesta cerveza de barril, así que
con sigilo revisaba la bolsa del pantalón y sentía alivio al
tocar aquel
papel arrugado que según yo, me daría una felicidad efímera.
Lo que pronto llegó, fue otro mensaje de Nancy
---- te extraño, estoy húmeda,
dónde andas?----
---- en un bar, buscando
reconfortarme un poco---
---- Me estoy tocando, quieres
escucharme----
----dame un minuto, busco el
baño----.
El pequeño baño con las paredes
llenas de cucarachas y los mingitorios con cualquier clase de sustancias
incluso me bajó la erección. Seguí
buscando algún buen espacio, tomé por un largo pasillo donde solo había
cortinas separando los privados, al final, la puerta de emergencia medio
abierta. Me asomé con cierta reserva y solo había un larga escalera en
espiral
que me condujo a la azotea, solitaria y sucia como todo el lugar. Afortunadamente había aire
fresco,
ruido de mariachis y patrullas. Sonó el móvil y Nancy gemía, nunca la
había
escuchado tras un teléfono, se escuchaban sus dedos entrando y saliendo de su vagina, era
cierto, estaba muy
húmeda. No puede más que masturbarme, durante 15 minutos dijimos poco,
solo
escuchábamos nuestros “ruiditos”, ella se vino primero, poco después yo,
mi
mano quedó totalmente llena de semen ----Juan, te quiero… yo también
Nancy----,
fue el último intercambio de palabras, la llamada se cortó. Aquello fue
como un
regalo de despedida, no nos vimos más; muchas veces le pedí que me
salvara, que
se dejara de juegos, de inseguridades… Solo esa noche me salvó, para mi
fue
suficiente. Supe después que había encontrado un buen hombre, y ella
supo de
mi, que había retomado el camino que siempre había anhelado: uno hacía
la soledad
y la autodestrucción.

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